La función pública y la tecnología

Estuve leyendo con atención el artículo de Blas Tomic y el de Hernán Felipe Errázuriz en El Mercurio, y también el post de Luis Ramírez donde cuenta que uno de los funcionarios clave de ChileCompras se fue a trabajar a Microsoft, ayudando a la relación entre su empleador y el Estado.

Estas opiniones son puntos de vista sobre la misma realidad. Conozco casos de personas que se han cambiado del aparato estatal al privado, y, de buenas a primeras, parece un conflicto de intereses. Sin embargo, hay que elaborar un tanto más.

La complejidad del aparato estatal que tenemos hoy es reflejo de una sociedad cada vez más avanzada, que va exigiendo de sus autoridades soluciones crecientemente complejas para los problemas de la ciudadanía (llámese Transantiago, Auge, Cenabast, ChileCompra, SII, TV Digital Terrestre, etc. por nombrar alguna de las decisiones que esperamos de nuestro gobierno).

Las competencias requeridas para manejar proyectos de esa complejidad requiere gente muy preparada, la que tiene en el mundo privado una alternativa que paga sueldos mejores. ¿Cómo hacer entonces que la gente buena que necesitamos vaya a trabajar donde su sueldo no es tan bueno, pero su trabajo tiene un valor social mucho más alto? Hay iniciativas importantes en curso, como el sistema de Alta Dirección Pública, parte de la agenda de modernización del estado. Pero no todos llegan a ese escalafón, y tienen que conformarse con una renta menor, en un puesto que tiene altas responsabilidades y restricciones presupuestarias.

Para ser funcionario público, a pesar de que hay mucha gente con tremanda capacidad, íntegra y valiosa, hay que cargar con la mala fama por estar en el mismo saco que los pocos pero notorios incompetentes.

Adicionalmente, más de alguno vive criticando a los que trabajan en el aparato estatal, y jamás en la vida se irían para allá, ni siquiera para hacer una práctica. Incluso hay aquellos que los dividen entre millonarios y vagos (La verdad es que preferiría el aparato estatal en manos de estos últimos, porque el ocio es la madre de la creatividad).

El gobierno tiene entre sus directivas la profundización del uso del software libre (del que casualmente hay mucho en las reparticiones públicas), pero sale con un pastelito como el acuerdo Microsoft. Ahí salimos todos (me incluyo) a pelear y a enrostrar la estupidez ajena, la falta de transparencia y otras hierbas.

Pero ¿que proponemos? ¿Cuales son las otras alternativas sobre la mesa? ¿Cuantos de nosotros estamos dispuestos a ayudar a nuestro país, aportando nuestro conocimiento en forma colaborativa, que tan buen resultado da cuando se trata de protestar? ¿Cuando nos vamos a organizar, no sólo para proponer soluciones, sino que además colaborar con las horas-hombre que se necesita?

La planta funcionaria del gobierno, y todos sus asesores no da abasto para atender adecuadamente las complejidades que nos impone el progreso tecnológico como país. Y no estoy dispuesto a quedarme gritando en la calle que es una vergüenza, sino que quiero empezar a trabajar ya por mi país. Si en Chile ya hay organizaciones voluntarias de enorme efecto social ¿que esperamos?

Si ya es hora, no solo hay que demandar la liberación, hay que trabajarla duro.

¿Quien se suma?

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